Asexualidad: Todo menos una falta Cómo la asexualidad puede romper con la normatividad sexual

Permanece, hasta este día, la frecuente confusión sobre la letra “A” en el acrónimo LGBTQIA2+. La A no es de “aliadx”. Es de “asexual”, que, según la Red de Visibilidad y Educación Asexual (AVEN por sus siglas en inglés), describe a una persona que no experimenta atracción sexual. Esta definición es intencionalmente vaga, para dejar un amplio espacio para la propia identificación y las diferentes experiencias vividas de la asexualidad. Esta definición reconoce que no hay una forma de ser asexual. La página de Resumen del sitio de AVEN agrega que “cada persona asexual experimenta cuestiones como las relaciones, la atracción, y la excitación de formas diferentes”. De hecho, la asexualidad es un espectro. Miembros de la comunidad también pueden elegir identificarse como gris-sexuales (o gris-asexuales) si ocasionalmente experimentan atracción sexual, o como demisexuales, si a veces la experimentan pero únicamente luego de haber formado un fuerte vínculo emocional.
Una distinción importante debe hacerse también entre orientaciones sexuales y románticas. Reconocer la existencia de la asexualidad como un espectro, significa reconocer que no toda la gente experimenta atracción sexual, y, en el mismo sentido, que no toda la gente experimenta una falta de atracción sexual. Personas que no experimentan atracción romántica pueden elegir identificarse como arrománticxs. Si bien el arromanticismo no es específicamente el tema de este escrito, recomiendo a lxs lectorxs a informarse en esta materia e incluirla en las conversaciones. Por ejemplo, las Preguntas Frecuentes de la Asexualpedia (la wiki Asexual de AVEN) proveen definiciones útiles, vocabulario, recursos y blogs relacionados. Lxs arrománticxs son importantes miembrxs de nuestra comunidad y son muy frecuentemente invalidadxs y silenciadxs.
Hoy, la comunidades online como AVEN están en el núcleo del activismo asexual y concientización pública. Fue sólo luego de que David Jay fundó AVEN en 2001 que la asexualidad comenzó a ganar aceptación y visibilidad, y que lxs asexuales pudieron conocerse y conectarse en escalas mayores. Como hay muy pocos recursos, eventos y espacios de la diversidad[1] inclusivos de la asexualidad, lxs asexuales usualmente comienzan a identificarse como tales sólo luego de haber estado en contacto con otrxs miembrxs de la comunidad asexual. En mi caso, comencé a usar esa palabra para describirme sólo luego de descubrir AVEN y verme reflejadx[2] en las experiencias de otras personas en los fórums del sitio y otras comunidades online. Estas comunidades asexuales me dieron el vocabulario, la información y el soporte que las comunidades de la diversidad y plataformas de educación sexual no me habían ofrecido.
Un seguimiento de la asexualidad en la historia occidental.
A pesar de que la asexualidad como una orientación sexual recibió muy poca visibilidad hasta el comienzo del S. XXI, hay muchas formas occidentales diferentes de comprender a la asexualidad en la historia que aún moldean la manera de aproximarnos a la identidad hoy en día. El significado de la asexualidad ha dependido de la política y la cultura del momento; las percepciones han variado con el tiempo, estando este significado incrustado en concepciones de raza, clase y género. En su ensayo “Asexualidad y las políticas feministas de “no hacerlo””, Ela Przybylo argumenta que alrededor de los comienzos del S. XX, la comprensión general de la sexualidad de las mujeres cambió gradualmente de la idea de falta de pasión (donde la sexualidad femenina era vista como una amenaza al status quo, y era considerada pasiva por oposición a los deseos activos masculinos), a enfocarse en el deseo femenino y el pacer como naturales y necesarios. A pesar de contrastar con la pasividad femenina postulada por el psicoanálisis, estas nuevas ideas que involucran la naturaleza sexual de los deseos sexuales similarmente excluyen las experiencias de la clase trabajadora y poblaciones inmigrantes, mujeres de color, así como individuxs queer[3], trans y no binarixs. Muchos de estos grupos marginalizados eran representados como hipersexuales en las narrativas dominantes, sus sexualidades ya eran percibidas como inmorales y desviadas. Esto dejaba a muchas comunidades sin un espacio para dar voz a sus propias y únicas experiencias de la (a)sexualidad. Estas conversaciones igualmente eliminaban la posibilidad de individuxs asignadxs hombre al nacer de expresar su asexualidad, siendo que eran en su mayoría como “activxs”, elementos sexualmente demandantes en una concepción binaria y patriarcal de las relaciones heteronormativas entre partes[4].
Hasta recientemente, las discusiones históricas sobre la (a)sexualidad femenina fueron entonces limitadas a las experiencias de mujeres blancas, cisheterosexuales, usualmente de clases media y alta. En su ensayo, Przybylo explica que los años 20 y 30 en Norteamérica y Europa fueron caracterizados por ansiedades socioculturales crecientes sobre la visibilidad de la mujer en el ámbito público y su presencia en la fuerza de trabajo. Se hicieron esfuerzos para asegurar la subordinación de la mujer a la autoridad masculina y devolverlas al ámbito privado de lo doméstico, donde el casamiento exitoso y la maternidad se volvían imperativos. Estos imperativos dependían de que las mujeres se involucraran frecuentemente y voluntariamente en coito heterosexual. La sexualidad femenina era vista como innata y natural, y cualquier divergencia de esta norma era percibida como amenazante y patológica.
Alrededor de esta época, Freud y otros psiquiatras estaban teorizando sobre el concepto de “frigidez”, una palabra usada para medicalizar la asexualidad femenina como una incapacidad de lograr el orgasmo vaginal. La frigidez era vista no como una completa carencia de deseo sexual, sino como una incapacidad de ajustarse a las nociones de placer sexual definidas por el hombre. Era necesario involucrarse en coito heterosexual para que la sexualidad fuera considerada no patológica. La asexualidad era vista como desviada: una forma incompleta y reprimida de experimentar la sexualidad, de una forma que no era diferente a cómo otras identidades de la diversidad eran percibidas como lugares de intervención médica necesaria por psicoanalistas y sexólogxs.
Przybylo agrega que en la segunda mitad del S. XX vio otro cambio en la comprensión de la (a)sexualidad. Una vez más, este cambio fue sobre todo centrado en experiencias de mujeres blancas, cisheterosexuales de clase media. La llamada “revolución sexual” de los años 50’ y 60’ buscaba liberar a las mujeres en sus deseos y placeres sexuales. Muchas feministas vieron el clítoris como un sitio de decisión[5] femenina, por oposición a la vagina, que había sido considerada el lugar del heterocoito definido por el hombre. El clítoris se convirtió en un símbolo de la autonomía sexual en contextos donde la libertad sexual solía igualarse a la libertad en general. La frigidex era percibida por muchxs como una herramienta patriarcal para la opresión de género, originando falsas conjeturas sobre la anatomía de la mujer. Estas ideas eran claramente problemáticas en el sentido que definen a la femeneidad en términos biológicos, físicos. El movimiento de la liberación sexual mayoritariamente excluía las experiencias de femeneidades[6] trans y no binarias, y fallaba en reconocer la pluralidad de las experiencias vividas de la femeneidad. La asexualidad era relegada a la esfera del conservadurismo y la opresión de género.
Durante este período, feministas como Dana Densmore y Valerie Solanas rechazaron la idea del sexo por completo y propusieron un celibato radical como una forma de deshacer las instituciones patriarcales, como la familia, que eran vistas como violentas y opresivas. Estas discusiones posicionaban la falta de sexualidad como una decisión política y no como una orientación sexual legítima. Esta conceptualización de la asexualidad como una postura política contribuía a la continuada percepción de la sexualidad y la atracción sexual como naturales de lxs humanxs. De hecho, sería necesario algún sentimiento sexual precedente sería necesario para poder decidir desafiarlo o rechazarlo. Alentar el celibato radical sí ofrecía una interesante contrapunto a los discursos de liberación sexual y abría la puerta a conversaciones sobre el empoderamiento potencial de no involucrarse en actividades sexuales. De cualquier forma, no desafiaba el binario de género ni los conceptos heteronormativos del sexo, se limitaba a las decisiones privilegiadas de principalmente mujeres blancas de clases media y alta, y no reconocía la pluralidad de experiencias vividas de femeneidades y de asexualidad.
Para resumir los siglos pasados, la asexualidad ha sido mayormente excluida de las comprensiones históricas de la sexualidad, excepto cuando fue vista como un desorden o una decisión política. La asexualidad como una característica casi siempre de por vida, no patológica, fue reservada para el estudio de plantas y animales, y sólo comenzó a aparecer en estudios en humanos en los 80’, aunque mínimamente. De acuerdo con Przybylo, los discursos sobre sexualidad permanecen saturados por el imperativo sexual y el conjunto heterocoital. El imperativo sexual se refiere a las formas en las cuales “el sexo es privilegiado por sobre otras formas de relacionarse”, y las formas en las que la sexualidad y el yo se entienden que están fusionadxs. En otras palabras, el imperativo sexual nos alienta a entender la sexualidad como inherente al ser humanxs, de manera que la intimidad sexual es percibida como superior por sobre otras formas de cercanía. Przybylo agrega que “el sexo configurado como ëhealthyí (en contextos particulares culturalmente designados)”. Ver los múltiples estudios y artículos detallando los beneficios del sexo, desde supuestamente piel más saludables y ánimos más felices a reducción en los riesgos de cáncer y baja presión. Finalmente, escribe que “el sexo permanece genital, orgásmico, eyaculatorio, y en el caso del heterosexo, coital”. En este caso hace referencia al conjunto heterocoital, que define qué tipos de sexo son “apropiados” y “aceptables”. Más específicamente, el sexo heterocoital en el cual el orgasmo es un imperativo. El sexo es visto como evidencia y puesta en acto de placer y salud, en casos específicos que se encuadran en discursos dominantes alrededor de sexualidades aceptables.
Desde narrativas de no pasión y pasividad femeninas hasta clamar los deseos sexuales y placer como naturales y empoderantes, la asexualidad ha sido mayormente pasada por arriba en la historia occidental y casi siempre considerada patológica o política. La ausencia de asexualidad como una orientación sexual en los discursos dominantes de los últimos siglos moldea las formas en las cuales aceptamos al imperativo sexual hoy y aún fallamos en desafiar sus implicancias.
La asexualidad en espacios de diversidad y espacios feministas
Hoy, debemos evitar la continuada exclusión de la asexualidad en narrativas sobre la sexualidad humana si queremos cuestionar efectivamente al imperativo sexual y sus efectos dañinos. Esto significa la inclusión consciente de la asexualidad en conversaciones sobre diversidad, feminismo y discapacidad, para que la asexualidad pueda ser aceptada como una orientación sexual legítima –no patológica y no igual al celibato.
Feministas y miembrxs de la comunidad de diversidad sexual buscan desafiar las implicaciones heteronormativas y binarias del imperativo sexual y del conjunto heterocoital. Yo sostengo que para efectivamente desmantelar estas narrativas dominantes, la asexualidad debe ser incluida en discusiones sobre diversidad, pro-sexo[7], y consentimiento, si dichas discusiones quieren ser inclusivas de todas las experiencias relacionadas con la sexualidad, y no albergar dañinas representaciones sexonormativas de las relaciones humanas y la intimidad.
Al salir del clóset como asexual y panrrománticx ante amigxs, usualmente me he encontrado con incredulidad y sugerencias sobre cómo vivir mi diversidad de una forma “más llenadora”. Amigxs bien intencionadxs han sugerido que yo “experimente” un poco antes de restringirme a identificarme como asexual. Compañerxs íntimxs y sexuales me han preguntado qué podían hacer para que yo disfrutara el contacto sexual con ellxs, como si estuviera esperando a sus habilidosas manos para que “curen” mi falta de deseo sexual y ausencia de placer sexual. Estas reacciones invalidan a la asexualidad como una orientación sexual y la presentan como una fase definida por sexualidad no realizada o inmadura. Mientras que algunxs que se identifican como asexuales por algún tiempo, luego puedan cambiar esta etiqueta, la comunidad de la diversidad sexual debe aceptar a cualquiera que encuentre la palabra “asexual” útil para describirse por cualquier período de tiempo. La asexualidad no es una condición a ser curada, ni una fase a superar. Es una orientación sexual legítima. Los espacios de diversidad y los espacios feministas claman respetar y validar variadas experiencias sexuales y no avergonzar a nadie por su comportamiento sexual. Aceptar a las personas asexuales que no participan de actividades sexuales debería ser reconocido como una parte vital de este mandato pro-sexo.
Existe una idea muy difundida de que para ser revolucionarix[8] y diversx, unx debe estar “sexualmente liberadx”, lo que es que el poder sobre el cuerpo [bodily agency] y el empoderamiento sexual vayan de la mano con mantener actividades sexuales con confianza y frecuencia. Esta idea usualmente centra a las conversaciones sobre consentimiento alrededor de cómo es dar consentimiento, y cuán importante es recibir y formular el consentimiento. Aunque estas discusiones son extremadamente importantes, yo sostengo que deberíamos también enfocarnos en cómo es no dar consentimiento, y cuán empoderante puede ser el (poder) decir “no”.
Personas que se identifican como asexuales son usualmente presionadas a dar consenso porque se les hace sentir que el consentir a los actos sexuales es la única manera de ser vistxs como “valiosxs” y “normales”. Las expectativas sociales de la sexualidad deslegitimizan las experiencias y necesidades de las personas asexuales, haciéndonos especialmente vulnerables a situaciones en las cuales quizás verbalmente demos el consentimiento, pero el sexo no sea querido, y por lo tanto no sea consensual. El consentimiento requiere que ambas partes que negocian el consentimiento tengan igual poder; en una sociedad definida por el imperativo sexual, en el cual no querer sexo es visto como una desviación por muchxs, frecuentemente se hace sentir sin poder a las personas asexuales cuando se les ofrece sexo. En el pasado he dado consentimiento sin ganas porque era más fácil que tener que salir del closet con mi compañerx sexual; que tener una conversación potencialmente agotadora y alienante; que posiblemente ofenderlx y hacerlx sentir culpable por mi falta de atracción hacia elle/ella/él.
Reconocer a la asexualidad en conversaciones sobre consentimiento significa no esperar oír un “sí” cada vez que pedimos consentimiento. No debe ser una formalidad rutinaria. Debe ser una conversación consciente, atenta, donde las partes se sientan cómodas diciendo “no” y estén validadas en su necesidad de poner límites, sin que se les haga sentir culpa o vergüenza. No sentir atracción sexual no significa ser reprimidx o conservadorx. No está asociado a filiaciones políticas, sentimientos religiosos, o una negación de los deseos naturales. Lxs asexuales no necesitan corrección o liberación para ser aceptadxs en la comunidad de la diversidad. En nuestra lucha contra los dañinos efectos de la heteronormatividad, el patriarcado y las imposiciones binarias, no debemos olvidar que pro-sexo no significa sexo-normatividad. Mientras que pro-sexo puede ser beneficial y empoderante, la sexo-normatividad (y el imperativo sexual) son dañinxs en las formas de exclusión y silenciamiento de la comunidad asexual.
Discursos sobre asexualidad y discapacidad
También es esencial incluir a la asexualidad en conversaciones sobre discapacidad. En un episodio de el programa de televisión Newsmagazine 20/20, unx sexólogx le dice a un grupo de asexuales entrevistadxs “Y ustedes dicen que el que ustedes no sienten que echan de menos al sexo es como alguien daltónicx diciendo “no siento que eche de menos al color”-por supuesto que nunca vas a echar de menos algo que nunca tuviste”. Hablando desde una persepectiva capacitista, lx terapista usa una analogía con una discapacidad para invalidar las experiencias de las personas de la asexualidad, asumiendo que ambas son condiciones anormales asociadas a la falta de un importante componente de la vida, que deben ser médicamente curadas.
Hoy en día, a las personas con discapacidades se les niegan frecuentemente las emociones sexuales y son percibidxs como carentes de potencia sexual. En su ensayo, “Asexualidad en narrativas de discapacidad”, Eunjung Kim explica que en algunos contextos, “la asexualidad no es sólo un supuesto, pero también un imperativo moral: las personas discapacitadas deberían ser asexuales”. Esto se puede ver en violentos esfuerzos por dessexualizar a personas con discapacidades. La desexualización es un proceso que busca separar la sexualidad de los cuerpos con discapacidades, y puede afectar a personas de cualquier etapa de la vida a través de la objetificación y deshumanización. Por ejemplo, Kim explica que nixñs con discapacidades son frecuentemente eximidxs de las clases de educación sexual, vistas como “innecesarias”. Está claro que las personas tomando esta decisión están asumiendo que lx niñx discapacitadx no va a (o no puede) participar de actividades sexuales. Lxs adolescentes quizás vean sus encuentros sociales cercanamente vigilados por profesionales y miembrxs de la familia, y quizás se les niegue el acceso a servicios de salud como planificación familiar. Lxs adultxs con discapacidades son frecuentemente infantilizadxs y vistxs como desviadxs o vergonzantes si participan de actividades sexuales.
En algunos casos, la dessexualización puede tomar la forma de control reproductivo y esterilización forzada, como fue el caso de las operaciones altamente controversiales impuestas sobre Ashley X. Nacidx con encefalopatía estática (una disfunción cerebran que significa que es asumido que ella permanece en un nivel infantil tanto mental como físico), se le hizo pasar por operaciones de atenuación del crecimiento incluyendo una histerectomía y remoción de pechos tempranos para prevenir la menstruación y desarrollo de características sexuales secundarias, aunque ella no podía consentir estas intervenciones médicas. Se entendía que esta desexualización forzada haría de su capacidad un peso menor para su familia y cuidadorxs. El caso de Ashley X demuestra las maneras muy materiales en las cuales la discapacidad y la sexualidad se hacen parecer incompatibles.
En respuesta a la asexualidad forzada de personas con discapacidad, lxs activistas de la discapacidad han hecho un importante trabajo para reconocer los sentimientos y experiencias sexuales de las personas con discapacidad. De acuerdo con Kim, “lxs activistas de discapacidad en movimientos pro-sexo usualmente atacan al estereotipo de la persona discapacitada como asexual”. Si bien esto busca permitir a personas sistemáticamente desexualizadas el disfrutar de la actual cultura sexual, y desafiar el mito de que todas las personas con discapacidades son asexuales, a veces descarta a todas las orientaciones asexuales como un mito. Esto lleva a que personas asexuales con discapacidades sean entendidas como “productos de una sociedad opresiva”, quienes han internalizado estos mitos y han aceptado la opresión sexual. En conversaciones sobre discapacidad, debemos desafiar la idea dominante de que todas las personas con discapacidades son asexuales, y luchar contra las prácticas desexualizantes. Sin embargo, debemos también responder positivamente a personas con discapacidades cuando salen del clóset como asexuales, y validar su orientación sexual, si queremos que la asexualidad deje de ser percibida como patológica y curable, o como el resultado de opresión internalizada.
Hacia nuevas definiciones de asexualidad
Más allá de incluir a la asexualidad en conversaciones sobre el feminismo, la diversidad, la discapacidad, creo que debemos reflexionar críticamente sobre la defición ampliamente aceptada de la misma asexualidad, y las formas en las cuales la comunidad asexual se presenta hoy en día. Por supuesto, estas opiniones son las mías propias, y no reflejan las de toda la comunidad asexual. También tomo mucho del trabajo de CJ Deluzio Chasin en su ensayo “Reconsiderando a la asexualidad y su potencial revolucionario” para argumentar que deberíamos desafiar el concepto de la asexualidad como una “ausencia” y la actual imagen del “asexual real”.
Como ya se ha mencionado, la definición más difundida de asexualidad es una “falta de atracción sexual hacia otrxs”. Esta definición es usualmente completada por la idea de que esta “carencia” no causa ningún peso a lxs asexuales. Esta aclaración se añade para crear una clara distinción entre asexualidad y el Desorden Hipoactivo del Deseo Sexual (DHDS), que es considerado una disfunción caracterizada por una falta de deseo sexual que causa pesar o dificultades interpersonales, como define el Manual de Diagnóstico y Estadísticas de Desórdenes Mentales (MDE). El hecho de que la definición de asexualidad deja lugar para el diagnóstico de DHDS crea una “oposición binaria entre personas que deberían ser aceptadas como asexuales y personas que son “legítimxs sujetxs” de intervención psiquiátrica”, de acuerdo a Chasin. La definición no desafía el diagnóstico ni la institución psiquiátrica que lo gobierna. Chasin agrega, “Si una persona siente un pesar sobre ser asexual porque vive en un mundo inhóspito para las personas asexuales, deberíamos cambiar el mundo, no a la persona”. Sin embargo, el diagnóstico de DHDS implica que deberíamos “cambiar a la persona” a través de medio médicos, y la actual definición de asexualidad deja lugar para esto. Al descubrirse con una carencia de atracción sexual, lxs asexuales frecuentemente se encuentran con respuestas negativas de otrxs, llevándolxs a buscar algún tipo de diagnótico o solución médica para “cambiarse a sí mismxs” antes de salir del clóset y aceptarse como asexuales. Patologizar la no conformidad con normas sexuales y medicalizar el pesar causado por la aphobia [discriminación hacia asexuales] son prácticas dañinas y opresivas. Perpetúan la idea de que unx debería volverse [alo]sexual si pudiera, y que debería aceptarse como unx asexual de por vida sólo si este intento falla. Esto crea una jerarquía en la cual ser [alo]sexual es superior y más deseable que ser asexual.
De hecho, definir la asexualidad como una “carencia” implica que las personas asexuales “se están perdiendo” de un aspecto de la vida, y que nuestra orientación sexual es abrumadoramente definida por la ausencia de algo esencial para otrxs. No digo que deberíamos necesariamente cambiar esta definición, y reconozco que es útil para muchxs para dar cuenta de la variedad de experiencias de asexualidad, así como explicar a personas no asexuales cómo nos sentimos, pero quiero alentar a las personas a que reflexionen críticamente sobre sus implicancias. Como explica Chasin, conceptualizar la característica definitoria de la asexualidad como una carencia, perpetúa la idea de que las personas asexuales no tienen algunas de las experiencias que las personas [alo] sexuales tienen. En realidad, las personas asexuales también tienen experiencias que las personas no asexuales nunca han vivido. Quizás otras definiciones no nos estén disponibles aún porque somos socializadxs para valorar la sexualidad y la intimidad sexual por sobre otras formas de intimidad y otros tipos de relaciones, y porque el lenguaje para definir a la asexualidad como otra cosa que no sea una carencia aún no existe. Moverse hacia conversaciones en que la asexualidad no sea percibida como una ausencia puede ayudar a crear el lenguaje necesitado para comprender mejor a las experiencias asexuales.
La superioridad de la [alo]sexualidad por sobre la asexualidad es incuestionada, aunque la conciencia sobre la asexualidad se difunda, y definir a la asexualidad como una orientación de por vida que no causa pesar tiene implicancias para la visibilidad de ciertas experiencias asexuales por sobre otras. De esta definición, Chasin discute la imagen del/la/lx “asexual real”, quien “logra que le crean y lx acepten como asexual”. Esta persona tiene todas las características normativas de la “persona [alo]sexual ideal”, pero como siempre ha sido asexual , debe ser aceptadx como tal. Esta persona, por ejemplo, no tiene una historia de abuso sexual o problemas de salud mental, no es muy sex-repulsed [aversx al sexo] y ha intentado ser sexual sin éxito, es able-bodied [de “cuerpo capaz”], feliz y extrovertidx. Esta persona es también usualmente blancx, de clase media o alta, cis, y hetero u ocasionalmente arrománticx. Como la asexualidad ocupa más espacio en las esferas públicas, las personas por fuera de la comunidad construyen una idea normativa sobre qué significa ser asexual, y no ajustarse a esta imagen puede ser invalidante, silenciante o forzar a tomar una forma de “tratamiento” o violencia correctiva. La presión para ajustarse a la idea de asexualidad que no desafía a la normatividad sexual lleva a la autocensura para evitar la pérdida de legitimidad como asexual.
Sin embargo, no deberíamos tener que elegir entre dar voz a nuestra orientación sexual como verdaderamente la experimentamos, y visibilidad pública y aceptación. Si queremos que la asexualidad deje de ser entendida como una “carencia”, “menos que”, patológica, o curable, todas las experiencias de la asexualidad deben ser oídas y legitimizadas. Las conversaciones deben dar cuenta de las muchas experiencias de asexualidad vividas, que prueban que no debería ser desechada como una “carencia”, sino entendida como parte de las formas complejas en las cuales navegamos diferentes formas de atracción y sentimientos por otrxs.
No es hasta que cada asexual tenga una voz independientemente de sus experiencias pasadas, identidad de género, orientación romántica, clase, raza, edad, (dis)capacidad, que podremos efectivamente desafiar a la normatividad sexual y al imperativo sexual. Esto comienza por cuestionarse nuestras definiciones de asexualidad y pensar críticamente sobre el modo en que vemos a las personas asexuales, así como a los supuestos normativos detrás de estas percepciones. Significa incluir voces asexuales en conversaciones sobre diversidad, feminismo y discapacidad, pero también raza y clase. Significa desaprender las jerarquías que tenemos internalizadas, que posicionan a la intimidad sexual y relaciones sexuales por sobre otras formas de cercanía igualmente llenadoras. Finalmente, significa creer y validar a cualquier y toda experiencia asexual como el comienzo de una conversación más larga para redefinir las comprensiones de las orientaciones sexuales y románticas.
Traductor: Flora Patagónica 

Notas de traducción:
(1)En el original usa la palabra queer, en este texto traducida como “diversidad”. Queer no necesariamente tiene el mismo significado en distintas comunidades/culturas.
(2) En inglés los pronombres de la primera persona son neutros, desconozco el pronombre preferido por elx autorx.
[3] Como aclara aparte “trans y no binarixs”, no está usando el término como contenedor de toda la diversidad. Quizás está listando identidades de género y se refiere a queer en este sentido, o se refiere al resto de la diversidad salvo trans y NB.
[4] En el original “heteronormative partnered relationships”.
[5] “agency” en el original. En sociología, “agency” es la capacidad de lxs individuxs de actuar independientemente para tomar sus propias decisiones (Wikipedia en inglés).
[6] “femmes” en el original.
[7]”sex positivity” en el original. “Una actitud hacia la sexualidad humana que contempla a todas las actividades sexuales como fundamentalmente sanas y placenteras, alentando al placer sexual y la experimentación” (Wikipedia).
[8]”radical” en el original.
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