Asexualidad: Primeras aproximaciones, primeros interrogantes. Soria, Lucía.

V Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología XX
Jornadas de Investigación Noveno Encuentro de Investigadores en Psicología del
MERCOSUR. Facultad de Psicología – Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires,
2013.

ASEXUALIDAD: PRIMERAS APROXIMACIONES, PRIMEROS INTERROGANTES.

Soria, Lucía.

Cita: Soria, Lucía (2013). ASEXUALIDAD: PRIMERAS APROXIMACIONES, PRIMEROS INTERROGANTES. V Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología XX Jornadas de Investigación Noveno Encuentro de Investigadores en Psicología del MERCOSUR. Facultad de Psicología – Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires.

ASEXUALIDAD: PRIMERAS APROXIMACIONES, PRIMEROS INTERROGANTES
Soria, Lucía
Universidad Nacional de La Plata. Argentina

Resumen

El presente escrito establece las primeras líneas de abordaje de un proyecto de investigación dedicado a trabajar la categoría de asexualidad desde un abordaje psicoanalítico. Para ello, se ubica inicialmente el interés por este fenómeno a partir de la consideración de las denominadas “modalidades actuales” de la sexualidad humana. Se plantea la pregunta por la articulación entre los cambios de época y las particularidades del panorama sexual de nuestras sociedades, caracterizado por una creciente visibilización de identidades, orientaciones y prácticas sexuales diversificadas y cuestionadoras de la heteronormatividad androcéntrica. A continuación, se realiza un breve recorrido histórico por algunos antecedentes del tema desde autores tanto ajenos al campo del psicoanálisis como pertenecientes al mismo. Se van dejando señalados distintos problemas y perspectivas halladas en el abordaje de los mismos, y se enuncian finalmente los interrogantes que orientarán el trabajo a futuro.

I. Introducción

El presente escrito contempla los primeros acercamientos y planteos sobre el tema de estudio que nos hemos propuesto en el marco de una beca de investigación otorgada por la Universidad Nacional de La Plata. Asimismo, se vincula a las líneas de indagación del proyecto de investigación del que formamos parte, denominado “Referencia a la función paterna en la caracterización psicoanalítica de las llamadas «presentaciones actuales» del padecimiento subjetivo”, perteneciente a la misma casa de estudios. Tomando como punto de partida el modo en que distintas perspectivas desde el marco teórico psicoanalítico se han propuesto dar razón de las presentaciones clínicas actuales a partir de características propias de la época, buscamos recortar y examinar uno de los rasgos epocales que se suelen poner de relieve y que, a nuestros fines, denominaremos genéricamente ‘modalidades contemporáneas’ de la sexualidad humana.

Resulta forzoso, respecto de lo previo, destacar que nuestra sociedad occidental ha sido testigo, desde hace decenios, de crecientes luchas por la legitimización de diversas prácticas sociales, políticas y sexuales, no sólo en términos jurídicos sino también desde el reconocimiento del conjunto de la sociedad. Paralelamente, parece haberse multiplicado estrepitosamente el número de agrupamientos que se posicionan cuestionando la sexualidad entendida como heteronormativa así como al sesgo androcéntrico que la caracterizó históricamente. Diversos modos de `ejercicio´ de la sexualidad, tanto en términos de posición de identificación como de elección de objeto han derivado en notables movimientos sociales que se encuentran a la vanguardia de la defensa de estos cambios. Es así que podemos hacer referencia no solamente a colectivos más tradicionalmente encauzados en las luchas por la llamada ‘igualdad sexual’, como los feministas, homosexuales y travestis, sino además a categorías históricamente más recientes como las que agrupan a transgéneros, transexuales, intersexuales, crossdressing, etc.

Nuestro paisaje socio-cultural ha ido asimilando -de distinto modo y en diversa medida, pero haciéndolo al in- prácticas que en el pasado fueron objeto de condena, sentenciadas a las filas de la patología. Modalidades de la sexualidad en principio apenas toleradas, buscaron y buscan ser aceptadas francamente, y hasta en algunos ámbitos han logrado ser reivindicadas. Las mutaciones en esta dirección parecen estar lejos de haber finalizado; causando la impresión de que, a nivel de la percepción social, el umbral de las prácticas consideradas perversas se estaría corriendo cada vez un poco más.

Son varios los psicoanalistas que se han embarcado, en los últimos tiempos, en el intento de caracterizar e incluso aproximar explicaciones acerca del panorama sexual actual[1]. Hemos hallado que muchas de estas prácticas son ubicadas por algunos como expresiones ‘extremas’, ‘al límite’ de lo normativo; o incluso como modos de exhibición del goce que no responden a las coordenadas de la economía psíquica tal y como fuera formulada por el psicoanálisis tradicional, suponiendo esto, por ejemplo en el caso de Melman (2002), la desaparición de la represión de lo sexual (y su correlativo: la división subjetiva) en beneficio de una exhibición del goce. En otros casos se tiende a categorizar determinadas modalidades sexuales directamente entre los síntomas ‘más acuciantes de nuestra época’, efecto promovido por el discurso tecno-cientíico de una modalidad de satisfacción pulsional en términos de ‘gocesotros’ (autrejouissances) desembarazados de la regulación paterna, y por lo tanto de la referencia fálica (Lebrun: 1997).

Excesos, extremos, franqueos de límites, son expresiones que remiten a la proliferación de prácticas y a usos -¿posmodernos? ¿hipermodernos?- del cuerpo, entre los que la dimensión dimensión gozosa no deja de interpelar al psicoanalista. Al interior de este panorama resultó de nuestro interés preguntarnos por la categoría denominada asexualidad, que si bien no es de reciente aparición, ha ganando terreno en las clasificaciones estadísticas relativas a las identidades sexuales en los últimos años. A eso se suma que ha comenzado a generar interesantes debates, en gran parte debido a su vertiginosa expansión y creciente visibilidad, favorecida por la búsqueda de reconocimiento en la que se ha embarcado todo un colectivo que así se identifica. Esto, claro, de la mano del singular tratamiento que le ha dispensado los medios de comunicación, donde, sin duda, el interés por el fenómeno está supeditado en gran número de casos al ‘factor de impacto’, siempre sensible a las ‘modas’ o ‘tendencias’ incluso a nivel de prácticas sexuales[2].

II. Algunos antecedentes sobre la asexualidad

Hacia fines de la década de 1940 e inicios de la siguiente, tuvo lugar la publicación de una serie de estudios estadísticos pioneros sobre el comportamiento sexual humano a partir de una amplia muestra de la población de los Estados Unidos. Fue Alfred Kinsey -personaje por demás polémico- quien tuvo a cargo estas investigaciones empíricas que volcó en los famosos Informes Kinsey, donde se proponía una escala de 0 a 6 para pensar las orientaciones sexuales humanas, siendo el primer extremo el de la heterosexualidad exclusiva y el último el de la homosexualidad exclusiva. En el medio discurrían los diversos grados de bisexualidad. Sin embargo, si bien no fue incorporado a la escala, la amplísima casuística y la sensibilidad del instrumento de recolección de datos, permitieron detectar la existencia de un grupo de personas que no podían ser incluidas en este continuum, dada la ausencia de interés por mantener contactos sexuales. A ellos, el equipo de investigación los que se clasificó como grupo ‘X’, sin pronunciarse demasiado al respecto (Kinsey et. al.: 1948; Kinsey et. al.: 1953).

El primer estudio sistemático dedicado explícitamente a la asexualidad incorporada como categoría de trabajo se remonta a Myra T. Johnson (1977). En su trabajo denominado Asexual and Autoerotic Women: Two Invisible Groups, concibe a la asexualidad en términos de preferencia, y a los que conforman esta categoría como hombres y mujeres “quienes, independientemente de su condición física o emocional, historia sexual y estatus marital u orientación ideológica, parecen preferir no tomar parte en la actividad sexual”
(Johnson; 1977). Los describe como una minoría invisible, oprimida socialmente por el hecho básico de ser un impensable social y dejada a un lado tanto por la ‘revolución sexual’ como por los movimientos feministas coetáneos. Algunos años después, Michael D. Storms (1980) propuso, a partir de su revisión de la escala Kinsey, un modelo teórico en el que sí aparecía contemplada ésta como una cuarta orientación (junto a la heterosexualidad, la homosexualidad y la bisexualidad), comprendiendo a aquellos individuos que no se sentían atraídos por uno u otro sexo (Storm; 1980). Si bien el debate pareció perder consistencia en los años siguientes, desde los inicios de este siglo y principalmente debido al número creciente de partidarios que el movimiento comenzó a generar alrededor del mundo, volvió a ser materia de interés. No es su detección sino la relevancia que ha adoptado en los últimos tiempos aquello digno de consideración. Suele señalarse como origen del movimiento a ciertos esfuerzos individuales por congregar y visibilizar la condición de personas discriminadas o sometidas a respuestas patologizantes de su condición. Estos empeños aislados se materializaron en la creación de la Asexual Visibility and Education Network (AVEN[3]), que comenzó a congregar miembros y voluntades a favor de la ‘revolución asexual’.

Este colectivo, que parece haber hallado en el espacio virtual su mejor aliado, se proclama representante de una identidad sexual diferente, a la que considera una condición legítima y válida, “parte intrínseca de su ser” (Munárriz; 2010), diversa de toda elección activa (como es, por ejemplo, el caso del celibato). Reivindican orgullosamente (incluso hacen referencia al ‘A-pride’) su condición, buscando diferenciarse además de otras minorías sexuales. Reclaman mayor sensibilización por parte del conjunto de la sociedad y denuncian la discriminación y aislamiento, a las que hacíamos referencia previamente, así como las tendencias a medicalizar su condición. Esto último tiene asidero en que, en el pasado, estudios aislados (cf. Nurius; 1983) postularon cierta correlación entre sujetos considerados asexuales y problemáticas en salud mental (principalmente tendencias depresivas); asimismo, algunos análisis posteriores tendieron a entender estos comportamientos como una disfunción sexual y a encasillar a quienes los presentaban en diagnósticos como los de ‘desorden de deseo sexual hipoactivo’ (HSDD) o ‘desorden de aversión sexual’ (de acuerdo al nomenclador DSM-IV). Hoy en día, no son pocos los profesionales de la salud interpelados para emitir juicios fundados en evidencia científica al respecto, pero sí diversos los resultados que se recogen. Incluso varios análisis apuntan a que constituye una orientación ‘de la época’, un ‘nuevo fenómeno’ (Boffa & Dachy, 2010; De Tonnac, 2006) y no dudan sin embargo en ubicarla -al modo de Storms- como una cuarta orientación sexual en creciente despliegue. A pesar de ello y como destacan algunos investigadores (Prause y Graham: 2007; Munárriz: 2010), la mayor dificultad con la que se tropieza en el presente sigue siendo la ausencia de consenso en la comunidad científica sobre qué se entiende por asexualidad (independientemente del uso popularizado del término[4]), que dificulta el diálogo entre los resultados de las de por sí reducidas investigaciones. Los abordajes académicos del tema siguen siendo contados; sólo en el último tiempo han empezado a aparecer trabajos que parten de considerar privilegiadamente determinadas cuestiones, como ser, las características que se atribuyen quienes se autodefinen de este modo, la prevalencia estadística del fenómeno en comparación con otras minorías sexuales, las variables que permitirían determinar el porcentaje de asexualidad en la población, entre otros. Estos puntos parecen tener en común el responder a una ‘urgencia’ social de reconocimiento, marcada profundamente por el modelo jurídico garantista prevalente en nuestras sociedades. Prevalecen abordajes metodológicos cuantitativos, aún cuando la variable no esté claramente definida, antes que análisis exhaustivos de tipo cualitativo
(sea por ejemplo desde perspectivas sociológicas o psicológicas), lo que ha dado por resultado una ambigüedad significativa en la consideración del fenómeno.

A grandes rasgos y sin pretensión de exhaustividad, puede decirse que se ha usado el término ‘asexual’ para referirse a individuos con: ‘bajo o ausente deseo o atracción sexual’, ‘baja o ausente actividad sexual’, ‘vínculos exclusivamente románticos’ (sin encuentro sexual), ‘ausencia de deseo y actividad sexual’ (Bogaert, 2004; Carlat, Camargo & Herzog, 1997; Rothblum & Brehony, 1993; Green, 2000; Prause & Graham, 2007). Recientemente se ha propuesto que se trata en realidad de dos clases de manifestaciones: “aquellos que carecen completamente de deseo sexual y por lo tanto no se ven atraídos sexualmente por otros, y aquellos que tienen algún nivel de deseo sexual, pero que no conectan con el deseo sexual del otro, por lo que tampoco se ven atraídos por otras personas” (Bogaert; 2012); definición esta última que ha sido bien recibida entre los estudiosos, pero debiera ser puesta a dialogar con los resultados de estudios empíricos para apreciar su justeza.

Un punto que nos interesa destacar de la cuestión es cómo ha hecho resurgir debates en torno a la sexualidad humana misma[5]. Vemos que varias voces se alzan para preguntarse si se trata acaso de un modo actual (posmoderno incluso) de hacer con el cuerpo, de un rechazo a las modalidades tradicionales de la sexualidad humana, de una ‘nueva tendencia’ o ‘moda’; y en todo caso, cuál es su fundamento y cuáles sus vínculos con las mutaciones socioculturales y con la subjetividad de nuestro tiempo histórico. ¿Es casualidad -podemos agregar – que haya sido la sociedad japonesa de una década atrás la que comenzó a alarmarse por el incremento ostensible de sujetos desinteresados por el sexo?[6] Hay quienes hacen eco del gesto transgresor que supone el aumento de la asexualidad en el mundo contemporáneo, que en tan alta estima tiene a la sexualidad y pugna por el derecho a su disfrute pleno; o donde el sexo ha devenido un objeto más de consumo. Es así que no dejan de señalar la paradoja que esto parece implicar: “Nuestra sociedad respira e irradia erotismo por todos sus poros y, al mismo tiempo emerge la apatía y la indiferencia hacia el sexo. Nunca el sexo ha estado tan omnipresente y, paradójicamente, son cada vez más las personas que renuncian a él” (Munárriz: 2010). En esta misma línea, Peter Fiedler (2008) quien se ha dedicado a investigar los cambios recientes en sociedades posindustriales como la alemana en lo referente a conductas sexuales, señala al respecto incisivamente: “El revuelo público que ha provocado la iniciativa demuestra cómo, en una época en que los deseos sexuales apenas se sujetan a yugos sociales o religiosos, parece existir un único tabú: no apetecer el sexo” (citado por Munárriz: 2010). No están ausentes las perspectivas que entienden lo previo no como un mero coloreado epocal de una sexualidad humana inmutable en sus fundamentos, sino estrictamente como el “indicio del in de la sexualidad tal y como la conocemos” (Lequeux: 2008), potencial producto de la hipererotización de nuestras sociedades de mercado o inclusive efecto de una ‘espiritualización’ hacia la que los seres humanos avanzaríamos.

Un aspecto que coinciden en destacar varios abordajes y contiene, para nosotros, un singular interés, es el que destaca la importancia que en este movimiento tienen los reclamos por el reconocimiento de una tal ‘identidad asexual’. Es decir, el modo en que rápidamente se ha elevado este enunciado a la categoría de identidad -a la que las minorías sexuales han apelado históricamente en su legitimación- aún cuando el concepto mismo esté siendo cuestionado desde múltiples lugares, entre los que se cuentan formulaciones interiores a las Teorías de Género. (Bogaert: 2004, 2006 Y 2012; De Tonnac: 2006; Prause & Graham: 2007; Boffa & Dachy: 2010). Mientras que algunos autores (principalmente en el medio angloparlante) hacen uso de la expresión “identidad sexual” sin mayores reparos, ésta no es una posición aceptada de modo general. Varios se preguntan, también desde el psicoanálisis, por la utilidad de una categoría que busca nombrar al ‘ser’, como modelo válido para pensar las constitución sexual humana (Morel: 2002; Tubert: 2003). Por su parte y asimismo desde el psicoanálisis, Jean-Louis Chassaing cuestiona las implicancias que a nivel identificatorio tiene esta asunción de un ‘significante A’ que haga masa. Pareciera jugarse allí, nos dice este autor, una reivindicación: la de conformar una clase inclasificable; y agrega, “tentative de subversion d’un ordre établi, qui vise à abolir toute différence…” (2008). Este autor señala que no podemos dejar de constatar aquí la lectura freudiana de la condición sexual humana, en la separación cada vez más patente entre sexualidad y reproducción.

Una última apreciación, que no queremos pasar por alto, plantea no ya una posible asimilación o asociación a grandes rasgos entre la época y la asexualidad, sino que sostiene una determinación más estricta de la misma, al postular que para entender la denominada `identidad asexual´ resulta necesario preguntarse por sus vínculos con el espacio virtual, que sería en deinitiva su terreno de anclaje y producción. Desde el marco de la antropología, autores como Munárriz (2010) mencionan como punto de inflexión el clima cultural en el que se está fraguando un cambio gradual, lento y silencioso, cuyo origen sitúa en las décadas de 1980 y 1990. Se habría iniciado en ese entonces un proceso de reensamblaje que ha ido modificando y desmantelando muchos de los patrones de conducta sexual vigentes en nuestras sociedades, desembocando en la aparición de nuevas ‘identidades virtuales’ de las cuales la identidad asexual sería un ejemplo paradigmático.

III. Primeras precisiones e interrogantes

Hablar de un sujeto asexuado constituye de entrada una contradicción con los desarrollos teóricos y clínicos medulares de la teoría psicoanalítica. Ubicaríamos allí una contradictio in terminis, al modo de un oxímoron teórico. La redefinición de la sexualidad humana llevada a cabo por Freud hace estallar de entrada el vínculo entre sexualidad y genitalidad, para entenderla en sentido amplio como una producción de placer irreductible a la dimensión autoconservativa (desamarrándola de entrada del anclaje obligado a lo reproductivo). En este sentido, suponer un ser humano asexuado nos haría pensar desde el punto de vista teórico en un psiquismo que no funcionara en la lógica del principio de placer. Ahora bien, si estamos de acuerdo en que el modo de concebir la asexualidad que venimos desarrollando precedentemente no se arraiga en la definición psicoanalítica de sexualidad, sino que releja una focalización o parcialización de ésta y del erotismo incluso pre-psicoanalítica -o anclada el sentido común-, nos parece que es posible dar aquí un paso más[7].

Si bien las categorías en las que suelen agruparse a los individuos de acuerdo a su ‘orientación sexual’ o ‘identidad sexual’ no constituyen un punto de partida del psicoanálisis, resulta interesante revisar en qué medida ellas nombran o intentan nombrar algo del sujeto deseante, de su posición sexuada, de las condiciones eróticas que exige
al objeto o de su modalidad de goce. Sin embargo, como toda categorización, su ambición de generalidad hace que necesariamente se pierda lo más preciado a la clínica analítica: la dimensión singular, el modo en que cada uno se las arregla con lo sexual. Precisemos, entonces, el por qué de nuestro interés por abordar una categoría que ya, de entrada, puede espantar al oído del analista. También al interior del psicoanálisis -venimos sosteniendo desde el inicio- la sexualidad ha sido objeto de múltiples debates en los últimos tiempos. La cuestión de lo ‘novedoso’ en relación a ciertos modos de ejercicio de la misma que parecen correr cada vez un poco más la línea divisoria entre lo socialmente aceptado y lo considerado ‘perverso’, han abonado el terreno para el debate. Decíamos que los denominados cambios de época[8], han llevado a algunos psicoanalistas a hablar de una ‘nueva economía psíquica’ (Melman: 2002), o incluso a plantear la necesidad de repensar la noción psicoanalítica de sexuación para tratar de responder más adecuadamente a los desafíos que la clínica impone (Morel: 2002; Laurent: 1981; Bleichmar: 1999).

La pregunta que subyace es si la categoría de asexualidad puede aportar a una vía de indagación en lo concerniente a este debate. Es decir, considerar si aquello que esta categoría nomina puede ser pensado como una modalidad de ejercicio de la sexualidad contemporánea e interpelar como novedad a una teoría y praxis analíticas que se pretendan vigentes. En este sentido, resulta necesario el esfuerzo por explorarla. A ello se suma que un abordaje clínico puede resultar sumamente enriquecedor para dilucidar matices que se jueguen en casos singulares de sujetos ‘asexuales’, y permitir visibilizar las dificultades halladas en el establecimiento de una definición compartida del constructo. Más aún cuando hemos considerado las múltiples e interesantes vías de análisis que se han abierto a partir de un primer abordaje: la problemática central del deseo/ausencia de deseo; la referida al concepto de identidad y su vínculo con el mundo virtual; la aparentemente creciente desterritorialización de la experiencia humana, entre otras posibles. Conocemos las dificultades que implica la importación de una categoría desarrollada en un ámbito diferente y partiendo de criterios disímiles, pero consideramos que ello no justifica la ausencia de tratamiento o relexión en torno a esta forma de ejercicio de la sexualidad que parece aumentar vertiginosamente. Si bien pueden
aparecer menciones fragmentarias en artículos o boletines, no existen tratamientos pormenorizados de la cuestión y menos aún investigaciones de campo diseñadas desde el marco referencial psicoanalítico. Nos proponemos, finalmente, transitar a futuro las vías que fuimos desplegando en este trabajo y, a partir de ellas, aproximar respuestas a los siguientes problemas: ¿Remite la categoría de asexualidad a una forma novedosa de ejercicio de la sexualidad? ¿Es acaso éste un fenómeno solidario de los tiempos que corren? ¿Nos hallamos ante un modo de hacer y gozar con el cuerpo que se aparta de las modalidades tradicionales o engloba más bien esta categoría una serie de presentaciones diversas? ¿Conservan aún su validez o son necesarias reformulaciones teóricas a in de abordar esas modalidades actuales de ejercicio de la sexualidad? ¿Cuáles son los efectos de las variables de época y cuáles las coordenadas permanentes del funcionamiento psíquico?

NOTAS

[1] No serán materia de análisis en el presente escrito más que en la medida en que nos permiten poner de relieve algunas cuestiones preliminares de nuestro interés.
[2] En nuestro medio, podemos mencionar algunos artículos recientes aparecidos en dos de los diarios de mayor tirada del país: http://www.lanacion.com.ar/1481360-se-puede-vivir-sin-sexo (12 de junio de 2012); http:// www.si.clarin.com/cuento-acabar_0_727727230.html (28 de agosto de 2012); http://www.lanacion.com.ar/1516689-asexuales-los-que-eligenvivir-sin-tener-sexo (13 de octubre de 2012).
[3] Que cuenta ya hace algunos años con su propia versión en español: la Red para la Educación y la Visibilidad de la Asexualidad, una plataforma virtual que se calcula agrupa a más de dos mil integrantes.
[4] Entre aquellos que se definen de este modo, algunos se adjudican un bajo deseo sexual, otros afirman no tener ningún interés en tomar parte en intercambios sexuales (pero sí -algunos- en actividades autoeróticas) Asimismo, hablan de diferentes orientaciones “emocionales”. Es así que podría existir cierta atracción “romántica” hacia el sexo opuesto (heterorromanticismo), el propio (homorromanticismo), ambos (birromanticismo), y, en caso de que no exista, se suele hablar de asexualidad “arromántica”. Queda clara la dificultad de las definiciones propuestas para dar cuenta de estos múltiples matices.
[5] La afirmación de Bogaert según la cual alrededor del 1% de la población puede ser estimada como asexual parece haber constituido un punto de despegue de las discusiones y de su trascendencia mediática, debido a lo significativo de la cifra e incluso por su cercanía a los porcentajes que se manejan para otras minorías sexuales.
[6] Fue acuñado en este contexto un término que rápidamente ganó popularidad para designar a los hombres que se apartan de todo interés por establecer vínculos sexuales: soshoku danshi (literalmente, hombres herbívoros.)

[7] Aún otra precisión: nuestra investigación no organiza sus objetivos en torno a corroborar los desarrollos psicoanalíticos que sostienen a la sexualidad humana como irreductible a la genitalidad, pues ellos constituyen para nosotros un supuesto fundamental o básico (en el sentido fuerte otorgado por Lakatos) Sin embargo, nos parece que esta apreciación no elimina el posible interés que esta categoría pueda tener para nosotros, pero sí nos posiciona de otro modo.
[8] Allí se incluyen, además de las ya mencionadas modalidades contemporáneas de la sexualidad, las transformaciones en los vínculos sociales y los profundos cambios en las instituciones tradicionales de la sociedad moderna (entre ellas, la familia y el Estado), todos ellos con claras incidencias en el padecimiento subjetivo.

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