Hipocresía 

Escrito por: Patricia Gr

“Yo tengo más respeto para un hombre que me permite conocer cual es su posición, incluso si está equivocado. Que el otro que viene como un ángel pero que resulta ser un demonio.” Malcolm X

Suelo leer a menudo todas y cada una de las notas que salen en diarios y web sobre asexualidad. Para mí es muy importante estar informado y pulir ciertos aspectos de la información que solemos dar. Creo que el activista debe educarse y comprender todos los aspectos que están vinculados a nuestra orientación sexual. Uno de esos aspectos es la patologización y lo que sucede con aquellos que hemos sido patologizados.

Comencé mi labor en el año 2012, cuando gracias a un profesional de la salud di con la etiqueta. Una etiqueta que me llevó años hallar. Algunos de los activistas latinos, los que casi rozan los 30 y aquellos que lo superamos, hemos sufrido distintos tipos de opresión, desde la médica o correctiva; hasta sexual o física. Vemos al activismo desde otro ángulo. Comenzamos nuestro camino para generar conciencia, para dar luz a aquellos que como nosotros esperan una respuesta, sobre todo para que no se topen con nuestra suerte.

Fue en el año 2016 cuando un grupo de activistas, no voy a dar nombres, intentó censurar mi labor por aquello que hemos sido golpeados, por sufrir un proceso de normalización, el cual no pedí y tuve la mala suerte de afrontar a mis 18 años. Se pide la no patologización de la asexualidad y se guarda bajo la alfombra el testimonio de aquellos que la hemos sufrimos, los que hemos comenzado la lucha. Se borran los testimonios del desamparo, de la marginalidad de un colectivo que aún hoy es invalidado; al que le niegan que sea violentado social y medicamente. Fue denigrante y doloroso haber sufrido la marginalidad por parte de “activistas” que ponen como lucha la patologización, pero no soportan la idea que un asexual patologizado de voz a la comunidad o la dirija. Fue y es degradante verlos hablar desde la más baja hipocresía. “Luchamos contra lo que invisibilizamos”, debería expresar su bandera.

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El mundo del activismo hoy no tiene nociones de caballerosidad. No sabe lo que es la hermandad y se mueve a costillas de la vanidad y una posición jerárquica que llena el vacío existencial del individuo que la porta. Ya no hay causa, hay ego. El mundo del activismo hoy no escucha a aquellos que necesitamos hablar para liberar lo que vivimos. Somos silenciados, humillados y excluidos, como aquella sociedad normativa que nos separó y nos denigró por ser diversos. Somos dignos hijos de nuestro padre, de la sociedad que nos parió. Educados en un hábitat que nos enseña a excluir y no a incluir. Donde necesitamos ser mirados, mimados e idolatrados, sin importar el trabajo de quién nos llevemos puesto. No importa pisar si hay que trepar. No importa que amiguismo usemos, lo importante es sacar a quiénes creemos impide que nuestra vanidad florezca. Es ese hoy el motivo por el cual no me considero activista.

Cuando yo comencé a trabajar en AVENes me creí el cuento de la familia. “Se trabaja y lucha por el otro”, me repetían. Nunca en mi vida creí que vería tamaño circo lleno de vanidad, tanta bajeza de gente que solía llamar amiga. Yo creí que se trabajaba para educar y dar visibilidad, por el otro, el que no está. Aquel que espera una respuesta. Creí que se buscaba generar conciencia. Dar a conocer. Transmitir que existimos, pero solo me topé con hipocresía. Muchos perdieron su máscara social y vi qué hilos los mueven. Se dejó de hablar de solidaridad y se reemplazó por poder; se abolió la palabra equipo por jerarquía.

Yo soy de aquellos activistas que valora cualquier aporte de su compañero. Los que no discriminábamos por procedencia o educación. El que sabe lo que es sufrir patologización y vivir en un mundo sin la palabra asexualidad. El que entiende que el activismo no es un poder para monopolizar. El que sabe que se necesita voces que visibilicen cada opresión que vivimos. Soy el que se mueve sin hipocresía, el que no calla, el que no apaga, el que no pisa, el que no engaña. El que recuerda ese “por qué” en nuestra lucha. Para que otros no tengan nuestra fortuna.

Uno de esos personajes me dijo una vez que yo no sé valorar la suerte que tuve. Yo vendería mi alma al diablo por borrar lo que vos llamás fortuna. No le deseo lo que viví a ningún miembro de la comunidad. Mi historia no se festeja, se recuerda para que nunca más pase. Ese es el porqué de nuestra lucha.