Encontrando la Asexualidad en los Archivos

Por Michael Waters, publicado en SLATE el 6 de marzo del 2020 

Traducción: Erik Omar Mata Guel

La asexualidad es frecuentemente considerada una invención reciente del internet. Pero una mirada más de cerca a la historia queer prueba que los “aces” han existido por mucho tiempo en la vida real.

En 1981 una mujer llamada Catherine Kobaly escribió una carta al periódico feminista Heresies. Les agradeció por su reciente número que se enfocaba en las sexualidades marginadas, pero añadió, “También me sentí un poco excluida, ya que entre los muchos puntos de vista representados, fui incapaz de encontrar ninguno con el cual me pudiera identificar plenamente”.

Kobaly era asexual, escribió, e igualmente lo eran la mayoría de sus amistades. Relató cómo luchaba contra la vergüenza de su identidad, recalcando que el común de la sociedad estadounidense promovía la noción de que “la ausencia de una pareja sexual, y especialmente la ausencia de una historia de parejas sexuales” – un posible indicador de asexualidad – “es visto como algo negativo, una carencia, una expresión de lo incompleto de un ser humano”. Durante años Kobaly había visto a los activistas gay, lesbianas, transgénero y bisexuales desfilar por la Quinta Avenida como parte de las celebraciones anuales del Orgullo. Su inquietud era que la comunidad asexual necesitaba experimentar ese mismo tipo de visibilidad y confianza. Tal como lo explicó a los editores de Heresies, “Sería mucho más fácil refutar esos mensajes, decir ‘Soy lo que soy y no hay nada de malo en ello’, si los asexuales tuvieran la ayuda de un grupo de apoyo [enfocado en la solidaridad] tal como lo tienen las lesbianas y los hombres gay”.

La mera existencia de la carta de Kobaly rompe con un estereotipo pernicioso. Dado que la organización moderna de la asexualidad ha ocurrido mayormente en internet, algunos críticos han definido a la asexualidad como la primera “orientación de internet”. Pero esos discursos perpetúan el mito de que la asexualidad es un fenómeno nuevo, surgido de una serie de foros de internet y publicaciones en Tumblr. En realidad, la historia está atestada de gente que habla de sus complicadas relaciones con las atracciones sexual o romántica, y en incontables espacios queer entre los 1960s y los 80s, ser “asexual” era reconocido como una identidad personal válida. Sin embargo, esa historia rara vez ha sido contada.

Hoy día, los activistas consideran que la asexualidad es un espectro. Mientras que la definición frecuentemente repetida de asexualidad de “experimentar poca o nula atracción sexual” engloba las experiencias de un segmento de la comunidad asexual, ésta no ajusta a todos. Algunas personas asexuales experimentan atracción romántica, otras no. Algunas personas asexuales, particularmente los demisexuales, pueden sentir atracción sexual bajo ciertas circunstancias; otros no la experimentan nunca.

Cabe admitir que identificar ejemplos tempranos de asexualidad puede derivar en actos de interpretación. Por mucho tiempo figuras históricas han descrito sus bajos niveles de atracción sexual o romántica, aun cuando no emplearan términos tales como “asexual”. Algunos investigadores de la asexualidad han encontrado ecos de ésta en escritos de la poetisa francesa del siglo XVII Catherine Bernard, o de la sufragista británica del siglo XIX Elizabeth Wolstenholme Elmy. Desde el siglo XIX, la profesión médica también diagnosticó a personas que expresaban poco interés en el sexo con “anestesia sexual” o “frialdad sexual”.

En EE.UU. una de las más tempranas referencias explícitas a la identidad asexual provino cortesía de Carl Schlegel, un reverendo oriundo de Alemania y uno de los primeros activistas gay modernos en EE.UU. A inicios del siglo XX, Schlegel emitió peticiones por la igualdad queer que mencionaban específicamente la asexualidad. “Que las mismas leyes para todas las etapas intermedias de la vida sexual: los homosexuales, heterosexuales, bisexuales, asexuales, sean legales como las que existen ahora para los heterosexuales”, dijo Schlegel en un discurso compuesto en 1907. El famoso sexólogo Magnus Hirschfeld también usó el término, al escribir en “El Papel del Hombre y la Mujer Heterosexuales en la Sociedad” de 1920 que “debemos (si esto es posible) describir” a filósofos tales como Emanuel Kant “como asexuales”.

Adelantemos la cinta medio siglo y la literatura emergente sobre la identidad queer contiene frecuentes referencias a la asexualidad. En 1952, la revista Transvestia indicó que, en tanto que la mayoría de las personas trans “son completamente heterosexuales”, “algunas son también asexuales”. A modo de explicación, Transvestia publicó en 1965 una breve descripción de lo que nombraba “el rango A-sexual” – quizá un prototipo temprano del espectro asexual – en que señalaba que “Hay personas que simplemente tienen una libido muy baja – nulo deseo sexual del cual hablar”.

Transvestia, escrita por y para la comunidad trans, no fue el único ejemplo de personas trans que se identificaban abiertamente como asexuales. En un artículo de octubre de 1970 sobre la liberación trans, el periódico Gay Dealer de Filadelfia escribió que “Trans Lib” – abreviatura de liberación transgénero – “incluye travestis, transexuales y hermafroditas de cualquier manifestación sexual y de todos los sexos – heterosexuales, homosexuales, bisexuales y asexuales”. En una conferencia feminista en 1973 se pidió a mujeres y personas no binarias que portaran una etiqueta a elegir entre varias identidades: “hetero, lesbiana, gay, masculina, femm, asexual, antisexual, ?, otra, etc.”. Los investigadores de la asexualidad recientemente encontraron una fotografía de una conferencia similar en la que activistas del Barnard College pidieron a los asistentes que eligieran su propia etiqueta en vez de que alguien lo hiciera por ellos. Entre las opciones enlistadas estaba “asexual”.

Algunas discusiones tempranas sobre la asexualidad acontecieron accidentalmente. En 1971, Village Voice publicó lo que pretendía ser una parodia titulada “¡Los Asexuales También Tienen Problemas!”, pero en una marejada de cartas al periódico, los lectores se ciñeron a lo que consideraron era una franca discusión sobre la asexualidad – lo que sugiere una amplia curiosidad sobre la identidad asexual. “Ahora no sé si soy asexual o no, pero sé que mientras que muchos de mis amigos dicen estar apartando sus deseos primitivos y lujuriosos, yo paso la mayor parte de mi tiempo intentando convencerme de que sí los tengo”, comunicó un lector anónimo al periódico. Poco después, revistillas [“zines” en el texto original] queer empezaron a hacer referencias ocasionales a la identidad asexual – los comienzos de lo que resultaría ser un vínculo profundo entre la elaboración de zines y la comunidad asexual.

La profesora Ela Przybylo de la Universidad Estatal de Illinois, en su libro “Erotismo Asexual”, reportó un esfuerzo feminista en los años 1960s y 70s por renunciar al sexo. En la segunda mitad del siglo XX, el surgimiento de publicaciones como Playboy ayudó a impulsar una nueva era de apertura sexual – al menos para los hombres blancos, cisgénero, heterosexuales. Como Przybylo ha documentado, este cambio transformó las muestras públicas de deseo sexual en una necesidad social. Un libro de 1962, por ejemplo, arremetía contra las mujeres que encarnaban una “frigidez” sexual.

En respuesta, las feministas empezaron a rechazar la necesidad del sexo por completo. Valerie Solanas, en su Manifiesto SCUM de 1967, identificó al sexo como una invención del patriarcado que debería ser eliminada en la búsqueda de otros objetivos. La mujeres del grupo activista predominantemente portorriqueño Young Lords, denegaban el sexo para ganar demandas; por su parte, las feministas negras, como Toni Cade Bambara, criticaban el sexo porque reafirmaba un sistema de género estrictamente binario.

El surgimiento de estas críticas inspiró a una feminista, Lisa Orlando, a publicar “El Manifiesto Asexual” en 1972. La interpretación de la asexualidad de Orlando quizá no se ajuste a la definición dominante actual – Orlando enmarca a la asexualidad como una reacción política contra el patriarcado, más que como una identidad profundamente arraigada –, pero sí reconoció que entre más tiempo ella y su amiga Barbara Getz se habían distanciado del sexo, “nuestra necesidad e interés por el sexo disminuyeron”. Ella tilda al sexo de ser “un medio de autoengaño, una forma de evitar la cercanía verdadera en vez de lograrla”.

Orlando, Bambara y demás promovían una crítica que encabezaría después el movimiento asexual del siglo XXI, de acuerdo con Przybylo: el interés en el sexo no es, ni debería ser, una norma social. “Aunque lo articulan como una cosa temporal, muchas de ellas todavía promueven esta crítica de la sexualidad obligatoria que resuena de verdad con la asexualidad”, me dijo Przybylo.

“El Manifiesto Asexual”, al menos, tocó un punto sensible entre la gente que encaja mejor con lo que hoy se entiende por asexualidad. Un escritor, el libertador gay Greg Turner, lo citó en un ensayo de 1976, donde describía su búsqueda por una etiqueta de identidad. Turner relató sentir mínimo interés por el sexo durante largos periodos de su vida. Un amigo le contó sobre el manifiesto, que brevemente lo inspiró a identificarse como “asexual”. Al final Turner se afianzó en el término “monosexual”, al que definió como “semejante a la asexualidad” – “simplemente que recurre a uno mismo para el disfrute sexual sin dependencia de otros”. (Hoy, monosexual se refiere en general a personas que prefieren el sexo con un género, como gay o hetero, en contraposición con bi- o pansexual.)

Aunque no parece que haya habido un movimiento formalizado de liberación asexual en el siglo XX, la idea no era extraña. En la revisión de un libro de 1981, la editora literaria de Gay News, Alison Hennegan, apuntó que la gente no tiene derecho a “no ser sexual en absoluto”, y bromeó diciendo que, “En estos días, hay mucho fundamento para el caso de una Liberación Asexual”.

Para el momento en que Catherine Kobaly escribió su carta a Heresies en 1981, las referencias a la asexualidad ya salpicaban el archivo histórico. Si bien la asexualidad es raramente abordada en los libros tradicionales de historia, mi investigación sugiere que la identidad asexual ha sido parte del activismo queer por más de un siglo. La única razón por la que la gente aún menosprecia a la asexualidad como una “orientación de internet” es porque esta historia apenas y se difunde – no porque no exista.

Aun cuando pocos la recuerdan hoy, la visión de Kobaly de una red activista de personas que se identifican como asexuales resultó ser particularmente persistente – la autora intelectual, quizá, de grupos modernos como la Red de Visibilidad y Educación sobre la Asexualidad (AVEN, por sus siglas en inglés). Tal como Kobaly dijo a los editores de Heresies, ella combatía el estigma social conformando grupos con otras personas que se identificaban como asexuales. “Si más de nosotros pudiéramos ponernos en contacto, ayudaría inconmensurablemente a encontrar formas de lidiar con los problemas en nuestras vidas”, Kobaly escribió. “Si podemos atacar estos sentimientos de vergüenza desde sus raíces y deshacernos de ellos, entonces creo que veríamos que en este mundo hay tantos asexuales como heterosexuales y homosexuales”. Incluso una década antes del internet, la primera chispa del movimiento asexual ya había llegado.