Breve relato de un asexual patologizado

Autor: Patricia. Gr

Siempre escuchamos negar una de nuestras principales opresiones, la patologización médica. La sociedad alosexual las normaliza desde «su concepto de verdad» y creo que es por esa razón que no las ven o las niegan. Muchas veces leí o escuché, «se inventan una opresión»; y la patologización se encuentra en notas de prensa, dentro de YouTube, la encontramos cuando un asexual se expone en algún medio gráfico o de televisión abierta. Nos golpea a diario y es difícil llevar la humillación que nos brindan. Tenía veintiún años cuando un profesional de la salud me llamó inhumana, un «profesional» que ni siquiera se puso a pensar en lo que podía ocasionar la inmensidad de esa palabra. La falta de humanidad me la brindó él en ese preciso momento cuando expresó su prejuicio sobre lo que no percibía por el otro.

Las palabras marcan, se adhieren en el alma y comienzas a cargar los estigmas que sutilmente o bruscamente te regala la sociedad. Aquella que nos expulsa con las palabras y su conducta agresiva. Esa que no ve la opresión pero actúa de forma opresiva. Vi muchos activistas cansados por las injurias marcharse. Gente que dio muy buenas notas y una excelente representación de lo que somos. A muchos se les recrimina que no defendieron lo suficiente la asexualidad; pero no es tan fácil estar al frente de un proyecto dentro del colectivo asexual. Exponer tu nombre, tu trabajo o tu carrera y que quede manchado por las palabras de un ser poco empático que te deshumaniza en vivo te anestesia para actuar, es como quedar sin sentido.

Es complejo estar, que te traten como si fueras algo insignificante y te adornen con  trastornos al por mayor sin ni siquiera comprender lo que es la asexualidad o haber leído estudios sobre el colectivo. Los prejuicios que lanzan los profesionales de la salud son iguales que aquellos alosexuales que nunca cursaron la ilustre carrera de psiquiatría o psicología; aquella que cree que les da vía libre para degradar a otros humanos como él. Yo comenzaría por cuestionar lo que usted comprende por salud mental, y permítame cuestionarle el concepto tan raro tiene para tratar a una persona que merece respeto como un ser insignificante. Dudo que  entienda el daño que la humillación pública produce en el otro. Lo desnudos que nos sentimos y el vacío que llevamos dentro. Es una carga muy dolorosa el sentirnos deshumanizados, a ratos, a diario, en cómo se expresan y cómo nos perciben.

La opresión que todos los alosexuales niegan es tan real que mata, que reduce al activismo a unos pocos. Si es doloroso oír los trastornos que nos añaden en ese vivo y en directo, imagínate lo difícil que es cursar un proceso de «normalización» o ver lo que nos queda después de él. Estigmatización tras estigmatización, dentro y fuera de la comunidad.

Las palabras que hieren son esas huellas que están y que conviven a diario con nosotros. Son esos fragmentos que creemos que nos faltan. Las sombras que nos minimizan como humanos. La humillación que no nos merecemos. Es vacío y desolación. Es la opresión que niegan, que no ven, que quema y nos duele.